jueves, 10 de octubre de 2013

esquina de amor



Guardia Vieja y Jorge Isaacs hace más de cuarenta años. Con sus veredas a la vista, sin hileras de automóviles estacionados, con vecinos que salían por las tardes a regar antejardines, con gente que tenía tiempo para conversar y donde el vecino Allende podía permitirse tocar el timbre muy de mañana para dar la bienvenida.

"Hola, buenos días, soy Salvador Allende."

La amistad se fue tejiendo punto a punto, en perfecto entramado. A veces compartían comidas –los dos matrimonios– en sus casas. A veces él salía a pasear a su perro, después de cenar, veía luces en el living de los Ropert y tocaba el timbre. Más de una vez encontró a la noctámbulaPaya en entretenida conversación con su hermana Lina y Pablo Burchard. Y se sumaba hasta las tantas de la noche.
Mujer de izquierdas, sin militancia en partidos, ella lo amó a corazón abierto. Y él, manteniendo esa fina coquetería que seducía por doquier, la tomó por mujer y compañera. Ni la muerte del presidente Allende rompió la fidelidad de ella por él.
¿Y cómo vivía esa historia Salvador Allende? "Ella representa un conjunto de valores que para Salvador Allende fueron fundamentales en su vida", dijo Víctor Pey Casado, el mejor amigo del Presidente y quien compartió desde la intimidad de la pareja hasta los cotidianos juegos de ajedrez en Tomás Moro y El Cañaveral. "Para el doctor Allende la masonería –de la que su admirado abuelo fue Serenísimo Gran Maestre– representaba el eje ordenador de sus valores. El ingresó a la masonería a los 26 años y perteneció a ella hasta su muerte. La masonería fue la que protegió a su familia cuando su abuelo murió. Le dio dos casas a la viuda: una para vivir con sus hijos y otra como renta para sostener a la familia Allende. La Paya, además, encarnaba la lealtad a toda prueba. Ella fue también la fuente de una inconmensurable ternura. Y la ternura es justamente una cualidad que el doctor conoció a fondo en la mujer por quien sentía una verdadera devoción: su madre. Agreguen a todo eso que ella compartía y disfrutaba de su sentido del humor", dijo Pey.
Allende era capaz de disfrazarse en el antejardín de la familia Gumucio Rivas –sus grandes amigos– y meterse por la ventana del dormitorio de los dueños de casa mientras hacían la siesta, despertándolos con un grito selvático. O de enamorarse del saco o de la corbata de un amigo y hacer el trueque en medio de una fiesta. O de descolocar al presidente Eduardo Frei Montalva, mientras éste se paseaba, manos entrelazadas en la espalda, en su despacho de La Moneda un crítico día de septiembre de 1970. Allende ya era presidente electo, faltaba la ratificación del Congreso y Nixon, en la Casa Blanca, movía ya los hilos para desencadenar la tragedia. 
Frei era su amigo de largos años, una amistad que había cuajado en el Parlamento y en el balneario de Algarrobo, donde ambos tenían casas de playa. Así que eran dos amigos compartiendo el análisis de la delicada situación política. Frei repetía, paseándose por la sala, que obviamente no podía dudar de sus credenciales democráticas ("¡Imagínate, con lo que te conozco"!) y que el punto de tope estaba en la presencia de los comunistas en la coalición de la Unidad Popular. Y de repente, Allende se levantó y de dos saltos se instaló en el sillón presidencial.
–¿¡Y!?... ¿cómo me veo de Presidente? –exclamó moviendo la cabeza en dos posturas, como si estuviera frente a las cámaras.
Frei se echó a reír, Allende se levantó y se fundieron en un abrazo.
La Paya y Allende compartían la sintonía fina. En la risa, en la ternura, en las lágrimas. En las casas de Guardia Vieja y Jorge Isaacs que luego se unieron por los patios, mediante una puerta que él ideó y que ella instaló. En la parcela de El Cañaveral, después, donde compartían los fines de semana cuando él ya era Presidente y ella estaba ya separada de su marido. En el Palacio de La Moneda, donde ella manejaba la agenda presidencial, las pautas de discursos y las delicadas conexiones políticas con la izquierda. En la decisión de vivir su historia de amor con discreción. 
La historia le costó muy cara a Miria Contreras. Pero ella dice tener muy claras las razones de por qué todo fue como fue. Y si pudiera rebobinar la cinta de su vida, "volvería a hacer todo igual".
Los dos quedaron atrapados en la tupida red de sus afectos, lealtades y deberes.
"Yo diría que los Allende Bussi y los Ropert Contreras eran dos matrimonios rotos desde mucho tiempo antes pero en los que había respeto, historia, mucho cariño, además de haber formado familias sólidas. Eran dosparejas progresistas y laicas, por lo que no estaba en juego la condena católica. Pero fueron víctimas de la presión social de la época", asegura hoy una amiga muy cercana.
"Estaban en juego muchos factores que determinaron sus vidas. Para empezar estaban los hijos de ambos matrimonios que, de una u otra manera, por su sola presencia, presionaban para que los padres no se separaran. Y estaba también el cariño que ambos sentían por sus cónyuges. Porque Allende quería y respetaba a la Tencha, y la Paya también sentía un profundo cariño y respeto por Enrique Ropert", explica otro amigo.
"No hubo aquí cálculo político por parte de Allende, respecto del costo que una separación pudiera tener en su candidatura presidencial. Me consta que él lo planteó varias veces, pero fue la Paya quien rechazó la idea. Ella lo protegía; no, lo sobreprotegía", dice una amiga de la pareja.
Si en 1970 era difícil pensar que un socialista entrara a La Moneda aun cuando así lo estipulara el voto popular, para un socialista anulado (en Chile no había ni hay, aún, divorcio civil, y solo cuenta la anulación eclesiástica del matrimonio) era imposible.
Igual, impulsada por el deseo de participar en la gran tarea de cambiar el rostro de la pobreza, ella llegó a conducir el auto que lo llevaba a las reuniones con obreros, estudiantes y campesinos.

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